sábado, 17 de noviembre de 2012

Robin Hood, Mateo y la paradoja de la redistribución

     Lo que principalmente se espera del Estado de Bienestar (EB) es que tenga un impacto positivo en la eliminación de la pobreza y la desigualdad, bien a través del incremento de los ingresos de una parte de los ciudadanos y a través de transferencias ―financiadas con impuestos progresivos y contribuciones sociales―, o bien mediante la provisión de servicios públicos para la población, o ambas.
     El efecto redistributivo del EB ha sido confirmado por numerosos estudios. Sin embargo, en los años 70 del s. XX, se llamó la atención sobre el hecho de que a pesar de la extensión del EB, la pobreza y la desigualdad seguían persistiendo. En distintos trabajos comparados se ha tratado de explicar hasta qué punto este resultado puede generalizarse a todos los regímenes de bienestar (nórdico, liberal, continental o mediterráneo) y a los diferentes programas de política social.   
     Efectivamente el tipo de régimen de bienestar importa para explicar la pobreza y la desigualdad. Los EB menos generosos e inclusivos, dejan lagunas sin cubrir respecto al bienestar. El objetivo básico de aseguramiento contra los riesgos del régimen conservador centroeuropeo, reproduce las diferencias de estatus y conduce a la dualización social, entre los insiders, trabajadores con carreras laborales largas y estables, por tanto bien protegidos cuando se quedan en paro o se jubilan, y los outsiders, muy mal cubiertos si caen en desgracia. En el régimen mediterráneo, por ejemplo, no se han desarrollado algunos de los “pilares” del bienestar (atención a las personas en situación de dependencia o a las familias), lo que limita su eficacia en términos de proteger a determinados colectivos.
     También existe un interesante debate sobre qué tipo de programas corrigen mejor la desigualdad. Podría pensarse que los programas más focalizados ―es decir, los que destinan los recursos a grupos específicos, como los más necesitados, los inmigrantes o las mujeres―, son más eficaces que los programas universales ―esto es, los servicios o prestaciones uniformes que benefician a todos los ciudadanos independientemente de su renta o clase social―. Sin embargo, como han explicado Korpi y Palme en su paradoja de la redistribución, los programas focalizados, predominantes en el Reino Unido o Estados Unidos, ― especialmente los que solo benefician a un escaso número de individuos en su situación de necesidad―, reciben menos apoyo por parte de los demás ciudadanos. La focalización sería una especie de estrategia Robin Hood, en la que se quita dinero a los más afortunados económicamente para distribuirlo entre los más pobres. Estos ciudadanos afortunados pasan a considerarse contribuidores netos del EB, ya que pagan impuestos pero no se benefician de las prestaciones, lo que a la larga puede socavar el apoyo al sistema y provocar que los programas sean menos generosos y, también, más fáciles de recortar.
     Parte de estos problemas se obviarían con un sistema  de prestaciones o servicios similares para todos. Aunque estos programas han sido criticados por producir el llamado efecto Mateo, «el rico se hace más rico y el pobre se hace más pobre», la evidencia demuestra que los regímenes universalistas arrojan mejores resultados en la reducción de la pobreza. Los ciudadanos acostumbran a proporcionar más apoyo a los programas que pagan pero de los que también se benefician. Cuando puede reunirse bajo las mismas instituciones del bienestar a los más desfavorecidos con los más afortunados, las cosas mejoran para ambos, puesto que se produce una mayor presión por la calidad de los mismos.
   Igualmente, la lógica de funcionamiento de los programas focalizados está detrás de algunos de sus problemas. Tales programas, generalmente poco generosos, proporcionan apoyo una vez que otras redes de ayuda han fallado (los servicios públicos o la propia familia). Sin embargo, cuando el individuo se encuentra ya en situación de exclusión, es muy difícil evitar la cronificación debido a que se han perdido las redes de ayuda más elementales. Se trata de un serio problema que afecta además a la legitimidad de los programas sociales, ya que debido a su supuesta incapacidad para rescatar a los ciudadanos de la pobreza son desprestigiados y acusados de desincentivar el esfuerzo individual

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